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Jue, Dic

Coqueteó la muerte, pero se impuso la vida

Opinión
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Coronaba el día perfecto. Al caer la tarde del viernes, salía del salón para ir por mi hijo, quien había agotado su jornada en la academia de música, en la calle Salcedo, municipio San Francisco de Macorís. Parecía una más de mis rutinas. Pero no fue así. Viernes, 15 de noviembre de 2019.

Con velocidad moderada, apego a las normas de tránsito y respetuosa de la integridad de las personas, conducía mi jeepeta dorada por el carril derecho y, justo cuando cruzaba la calle Duvergé, un golpe seco al lado izquierdo de mi vehículo, me tambaleó. 5:48 de la tarde.

De repente, me vi atascada en una pared de la farmacia GBC, ubicada en la esquina opuesta. Aturdida, por las bolsas de aire disparadas sobre mi lado izquierdo, sentía el correr y los gritos de la gente: ¡Otro más, otro más!

Me deslumbraban las luces de la ambulancia del 9-1-1, que llegó “más rápido que de carrera”. Ensordecía el ulular de las sirenas de los bomberos, tratando de abrirse paso entre el tránsito atascado. Los minutos me parecían horas. Me dolía mucho el cuerpo, sobre todo el brazo izquierdo. No había advertido que sangraba, hasta que la atenta socorrista me revisó.

Cuando pude orientarme y moverme hacia el asiento delantero derecho, vi, al cruzar la Duvergé, el carro Hyundai blanco que me embistió. Pregunté y me contaron que tenía daños menores, y su conductor, ileso, conversaba con los agentes de la Digesett. Que nada había pasado a sus acompañantes, dos mujeres, una de ellas preñada. Fueron despachadas de inmediato por el 9-1-1. Él nunca se acercó para saber de mí. Mucho menos se enteró de que la socorrista, tras consultar por teléfono a su superior, me había referido a una clínica privada.

Decenas de curiosos seguían arremolinándose en derredor del vehículo. El ruido era irresistible. Unos filmaban las escenas, sin el mínimo comedimiento, ni la mínima intención de socorrer. El morbo era su fin. Una emisaria de la farmacia impactada, libreta y bolígrafo en mano, pedía información sobre los parientes de la accidentada, y no era para donar medicamentos. Otros, no. Conocidos y desconocidos llegaron en un santiamén, como si estuviesen preavisados sobre el siniestro vial. Y ofrecieron agua para calmar la sed, y aliento para los nervios; ayudar con la remoción de la jeepeta, guardar la batería, asegurar la cartera para evitar robos… Hacer lo que les pidieran. Me convencieron de que aún, en nuestro país, ocurren importantes brotes de solidaridad. Mi esperanza reverdece, como reverdece mi reclamo para que la Duvergé con Salcedo no siga siendo escenario de muertes y heridos que engrosen la vergonzosa cifra de al menos 2,000 decesos por año, para registrar la tasa más alta de América Latina.

Lesionada y con mi vehículo inhabilitado, he asistido, sin embargo, a las citas de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre (Digesett) para declarar ante la autoridad y reportar al seguro. Hasta la hora de escribir esta historia, 9:43 de la mañana del 19 de noviembre, el autor del hecho ha incumplido con su deber. La misma noche del choque al otro vehículo, los agentes permitieron que se marchara en el suyo, pero bajo la promesa de pasar por el destacamento conforme establece la ley. Mientras tanto, le he ganado una batalla a la muerte. Celebro por la gente buena.

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