
Basilio Santos no tuvo la oportunidad de estudiar, pero se aseguró de que a sus hijos no les faltara. Desde un modesto puesto de frutas en la avenida Mella con 27, trabajó durante más de 35 años hasta convertir ese pequeño negocio en el motor que impulsó a su familia. Con el esfuerzo diario detrás del mostrador, logró que sus hijos alcanzaran lo que él no pudo: convertirse en profesionales.
Nacido en un campo de Hatillo, Basilio llegó a San Francisco de Macorís hace más de 50 años, cuando la ciudad era muy distinta a la que conoce hoy. Recuerda que era apenas un muchacho cuando empezó a buscar trabajo sin más herramientas que sus manos y el deseo de progresar. Su primera oportunidad llegó en la clínica del doctor Rojas, donde trabajó como mensajero durante más de una década.
“Yo de letra sé poco”, reconoce sin vergüenza, explicando cómo la falta de estudios complicó desde temprano sus posibilidades laborales. Esa realidad, dice, fue precisamente lo que lo llevó a comprometerse con que sus hijos sí tendrían la educación que él no pudo alcanzar.
Tras 14 años en la clínica, el salario ya no le bastaba. Para sostener a su familia decidió vender frutas por cuenta propia, primero como una opción complementaria y luego como su único sustento. Instalar un pequeño puesto en la avenida Mella con 27 fue un salto al vacío, marcado al inicio por días de ventas bajas y dificultades para atraer clientes.
Con el tiempo, la rutina se transformó en estabilidad. Pero no estuvo exento de desafíos: competidores se instalaron frente a su puesto, algunos con la clara intención de arrebatarle la clientela. “Han tratado de dañar mi negocio, perjudicarme”, recuerda. Pese a eso, se mantuvo firme. Con el apoyo de algunos conocidos del Ayuntamiento y la fidelidad de los vecinos, logró conservar su espacio.
José Luis Santos, licenciado en turismo, llegó a destacarse profesionalmente antes de perder la vida en un trágico accidente causado por un agente policial. “Eso fue lo más duro que me ha pasado”, confiesa Basilio, con una mezcla de tristeza y gratitud por los logros de su hijo.
El otro, Elvis Santos, es médico general y actualmente cursa una especialidad en la zona sur del país. Para Basilio, ver a sus hijos alcanzar estudios universitarios es la recompensa más grande que le ha dado su negocio. “Dios me ayudó con este negocito. Gracias a él pude pagarles sus carreras”, dice, mientras acomoda algunas frutas bajo la sombra de su techo de zinc.

A quienes hoy sienten miedo de emprender, Basilio les envía un mensaje simple y directo: “Que no tengan miedo. Que se pongan en cualquier trabajito honrado. Lo que sea, menos robar. Hay que echar pa’lante.”
Tres décadas después, su puesto de frutas sigue firme en la misma esquina, convertido no solo en su medio de vida, sino también en el símbolo silencioso de una historia de esfuerzo, dignidad y amor paternal. Una historia que demuestra que, aun con poco, es posible levantar mucho.



